¿Por qué nunca me eligen, a pesar de vivir para los otros?

¿Cuántas veces te hiciste esta pregunta? ¿Cuántas veces sufriste por sentir que, a pesar de darlo todo, del otro lado solo recibís rechazo o indiferencia?

Hagamos un recuento mental:

  • ¿Cuántas cosas de tu personalidad modificaste?
  • ¿Cuántos gustos cediste?
  • ¿Cuántos límites corriste solo para sostener un vínculo?

Lo más doloroso es que, a la larga, la relación se termina igual. Y ahí viene el golpe de realidad: terminás descubriendo que ese lazo estaba sostenido únicamente por tu esfuerzo y no por un interés mutuo. Te quedás sin nada, habiendo traspasado tus propias líneas rojas una y otra vez, solo por el maldito premio de ser aprobado.

La paradoja de la vidriera: Cuando ser elegido te cosifica

Vamos a la definición pura: Elegido es el participio del verbo elegir. Significa ser seleccionado o preferido entre varias opciones para un fin específico, o ser nombrado para un cargo.

Si lo pensás en frío, es escalofriante. Ser elegido implica ponerte en una vidriera. Te convertís en un objeto exhibido, esperando que venga un «cliente», te mire, te evalúe y te lleve. Cuando operás desde ahí, el otro no te ve como un sujeto con deseos propios; te toma como un recurso para satisfacer sus necesidades.

Cuando alguien te «elige» desde tu pasividad, muchas veces lo hace para vaciarte, para sacarte el brillo, para anular tu subjetividad. Y cuando ya consumió todo lo que tenías para dar, te deja a un costado, como un objeto que pasó de moda o que ya no sirve.

Sentarse a esperar que nos elijan es mendigar afecto. Es imposible no pensar en la imagen de una jaula llena de cachorritos en adopción: todos saltando, llamando la atención y haciendo piruetas desesperadas para que el que pasa caminando diga «mirame a mí, llevame a mí». ¿Te sentís así en tus relaciones?

El precio de la complacencia (Y la desigualdad de poder)

Para sostenerte en esa vidriera y garantizar que te lleven, tenés que activar el modo complaciente. Tu discurso interno pasa a ser: «Yo voy a hacer todo lo que vos quieras, voy a ser lo que necesites que sea, con tal de que te quedes».

El problema clínico es que no existe ninguna relación sana posible que comience con una asimetría de poder tan marcada. Por un lado, hay un polo activo que elige, propone, dispone y acomoda el vínculo según su conveniencia. Por el otro estás vos: un polo pasivo que cede y se desdibuja solo por sostener la relación a costa de su propia salud mental.

Cuando una persona siente que necesita ser elegida a cualquier precio, renuncia a su capacidad de evaluar al otro. El vínculo deja de ser un encuentro entre dos sujetos y se convierte en un examen permanente donde uno busca aprobación y el otro decide. Esto no es amor, es un contrato de sumisión encubierto.

De la elección a la correspondencia: El verdadero cambio de eje

La cuestión principal en la vida no es ser elegido. La clave es ser correspondido.

No se trata de encontrar a alguien que pase, te mire y te apruebe. Se trata de encontrar a un otro con el que puedas establecer una reciprocidad: alguien con quien coincidir, que te acompañe a crecer y con quien puedas construir de a dos.

Y ojo, que esto no aplica solo a las parejas; pasa exactamente lo mismo con las amistades. Si para sostener el cartel del «amigo incondicional» yo me tengo que perder en el camino, entonces no hay amistad real. Hay un rol funcional que le sirve al otro, pero vos estás completamente solo.

¿Y si en vez de esperar que te elijan para empezar a ser feliz, te ponés en una posición activa y empezás por elegirte a vos mismo? Elegirse es plantar bandera y demostrar tu valor desde tus propios límites. Es poder mirarte al espejo y preguntarte:

  • ¿Estoy dispuesto a perderme a mí mismo con tal de sostener este vínculo?
  • ¿O lo que realmente quiero es CONSTRUIR?

Construir no es lo mismo que ser elegido. En el «ser elegido», uno entrega todo de forma pasiva. En el «construir», hay acuerdos, desacuerdos, dos adultos responsables y una parte equivalente de cada lado para sostener el puente. Dejá de mirar la vidriera: el poder de evaluar si el otro es apto para entrar en tu vida lo tenés vos.

¿Cómo se sale de la vidriera?

Salir del modo «objeto» no pasa de un día para el otro; requiere desarmar mandatos, miedos al abandono y esa falsa creencia de que si no complacés, no valés. No se trata de un cambio de actitud superficial, sino de hacer un laburo profundo para recuperar tu subjetividad.

  • Empezá por registrar tus «no»: Cada vez que decís un «sí» forzado para que no se vayan, te estás diciendo «no» a vos mismo.
  • Cambiá la pregunta: La próxima vez que salgas con alguien, en lugar de matarte pensando ¿Le habré gustado?, ¿Me volverá a elegir?, animate a preguntarte: ¿A mí me gustó?, ¿Esta persona tiene la capacidad afectiva de darme lo que yo busco?

Aprender a elegirse es un proceso terapéutico. Si sentís que hace años estás saltando en esa jaula esperando que alguien te mire, es momento de frenar, cerrar la vidriera por reformas y empezar a construir desde tu propio valor.