¿Por qué digo «todo bien» cuando en realidad no estoy bien?
El problema no es sentir tristeza, miedo o frustración. El problema es vivir creyendo que no deberíamos sentirlas. Y el «todo bien» suele ser una de las formas más cotidianas de ocultarlo.
«¿Cómo estás?» «Todo bien, ¿y vos?»
Es el intercambio más repetido del día. Tan automático que ya ni lo pensamos. Pero ¿cuántas veces respondiste «todo bien» mientras por dentro estabas juntando los pedazos?
Esa frase se convirtió en un formalismo: el hola viene acompañado por definición de un cómo estás, y el cómo estás viene atado automáticamente a un todo bien. No existe un hola a secas que permita una conversación real. Y cuando sabemos que del otro lado el «todo bien» es un trámite y no una necesidad genuina de saber cómo estamos, la respuesta honesta queda guardada.
Pero esto no es solo una cuestión de vínculos. Es un síntoma de algo más grande: la creencia de que tenemos que estar bien. Siempre.
Alegría al mando: el problema de querer controlar cómo nos sentimos
En Intensamente 2, Alegría vuelve a intentar ser el timón de la personalidad de Riley. Quiere que todo sea positivo, que nada se salga de control, que las emociones difíciles no tengan lugar. Y en ese intento de controlarlo todo, Riley se rompe.
Porque la pregunta es: ¿existe alguien que sea feliz constantemente?
La felicidad constante es una utopía. Somos seres sociales por definición, con vínculos, relaciones, comunidades, coincidencias y disonancias. En el contacto con otro se mueven todas las emociones, no solo las agradables. No somos plenamente felices en una pareja, tampoco en una amistad. Si lo fuéramos, seríamos robots sin desacuerdos ni criterios propios.
Incluso el comienzo de la vida está atravesado por la adaptación, el llanto y la necesidad de respuesta de otros. Las emociones difíciles no son una falla del sistema: forman parte de la experiencia humana desde el inicio. Qué paradoja que al nacer se busque que el bebé llore como señal de vida y, sin embargo, después pasemos gran parte de la vida intentando que eso no vuelva a pasar.
Las emociones que no son alegría no son el problema. Son parte de lo que significa estar vivo.
Sin embargo, muchas personas crecieron aprendiendo que algunas emociones eran más aceptables que otras. Durante generaciones circularon mensajes como «llorar es para débiles», «los hombres no lloran» o «llorá cuando haya un motivo real». Aunque hoy muchas de estas ideas se cuestionan, todavía tienen peso. Poco a poco aprendemos que mostrar tristeza, miedo o vulnerabilidad puede incomodar a otros, y empezamos a ocultarlas.
El Doctor Curtain y la felicidad que paraliza
En la temporada 2 de La Misteriosa Sociedad Benedict, el Doctor Curtain experimenta con la mente humana. Logra instalar un estado de felicidad ficticia en sus seguidores. El resultado no es liberador: los deja completamente inertes.
La analogía es clara: cuando forzamos un estado emocional que no es genuino, algo se apaga. No crecemos, no nos movemos, no nos cuestionamos. La felicidad que se sostiene a la fuerza no es felicidad, es anestesia.
Las redes y la canilla abierta de la felicidad ajena
En una cultura que nos empuja a estar bien constantemente, las redes sociales funcionan como amplificadores de esa exigencia. Se convirtieron en una canilla abierta para ver las felicidades ajenas y muchas veces las tomamos como la verdad: así tiene que verse una vida bien vivida. Así tiene que verse una relación, una familia, un cuerpo, un domingo.
Cuando nos comparamos con versiones editadas de la vida de otros, empezamos a interpretar nuestras emociones normales como señales de que algo está mal. La tristeza, el aburrimiento o la frustración dejan de verse como experiencias humanas y pasan a sentirse como fracasos personales.
¿Cuánto de nosotros mismos se pierde en el camino por sostener una alegría ficticia para afuera? ¿Cuánta ansiedad genera no llegar a ser lo que vemos en una pantalla?
El «todo bien» del saludo cotidiano y la sonrisa de las redes son versiones distintas del mismo mecanismo: mostrar lo que se supone que hay que mostrar, y guardar lo que realmente está pasando.
Entonces, ¿qué lugar ocupa cada emoción en tu vida?
No se trata de estar llorando todo el día ni de abandonar la alegría. Se trata de preguntarse qué lugar real ocupa cada emoción, y si hay algunas que estás forzando hacia afuera porque no encajan con lo que creés que deberías sentir.
La próxima vez que alguien te pregunte cómo estás, no hace falta que cuentes todo. Pero sí vale la pena que te lo preguntes vos primero, honestamente.
¿Qué responderías si te lo preguntaras sin el formalismo?
Si sentís que hay emociones que no encontraron lugar todavía y querés empezar a trabajarlas, podés escribirme para coordinar una primera consulta.