Natalidad baja: ¿Egoísmo o altruismo de las nuevas generaciones?
Hace no más de 25 años, los embarazos adolescentes eran tema de debate constante. Las tasas estaban por las nubes, acarreando no solo los embarazos en sí, sino una infinidad de ETS (enfermedades de transmisión sexual) que atormentaban a los padres. El problema no era el bebé; era aquello a lo que los adolescentes se exponían por no saber cuidarse.
En ese entonces, el sexo como tal era un tabú en la familia. Aquellas casas donde se hablaba abiertamente de sexo eran las disruptivas, las raras, las que supuestamente «permitían un libertinaje». Sin embargo, en ese hablar abiertamente, no solo ganaban la confianza de los hijos, sino que educaban.
Al convertirse el embarazo adolescente en un tema de Estado, es que se empieza a hablar de ESI en las escuelas, y esto llevó a que los adolescentes tuvieran mayor responsabilidad en el acto sexual.
El despertar de la agencia y la caída del mandato
Esta mayor responsabilidad y conciencia de los actos llevó a que los embarazos adolescentes disminuyeran drásticamente. Pero este cambio trajo aparejado algo más profundo: la capacidad de decidir si quieren o no ser padres.
El acceso a la información desromantizó la idea de que la realización personal estriba en nacer, estudiar, casarse y tener hijos (paralelamente, la cantidad de casamientos también se vio afectada en forma drástica). Hoy, los adolescentes de esa época se realizan en hitos personales: terminar una carrera, viajar, conseguir ese trabajo que tanto soñaron.
¿Y en el medio? ¿En lo afectivo? ¿Lo relacional? Las relaciones se volvieron más efímeras, cortas y pasajeras porque ya no se busca la «media naranja». Se busca a alguien que crezca a la par; alguien que complemente, no que complete. ¿Está bien? ¿Está mal? Es distinto, y eso es lo que más choca a las generaciones anteriores, que no pueden entender que tener hijos ya no sea el plan o la prioridad de muchos.
¿Entonces? ¿Altruismo o egoísmo?
Creo que las generaciones de las que hoy se espera que se realicen teniendo hijos, están encontrando su realización en lo personal, donde muchas veces no hay lugar para un tercero. Ahí es donde aparece la crítica: se piensa que quien se pone en primer lugar es un egoísta.
Pero a estos nuevos adultos que toman estas decisiones, yo no los pienso como egoístas. Más que individualismo vacío, muchas veces hay conciencia de los límites reales que implica sostener una crianza.
La inmediatez, la tecnología, el agotamiento laboral y las jornadas interminables por el hecho de estar siempre conectados, no dejan lugar para la «familia de la foto». Hoy, tener la intención real de ser madre o padre implica no solo responsabilidad; implica economía y una red de apoyo amplia por si pasa algo con la criatura.
Un sistema que no da lugar
La hiperproductividad en la que vivimos, la necesidad de que trabajen ambos para poder vivir tranquilos, y el empoderamiento y crecimiento de la mujer en el ámbito profesional, dejan a la ma/paternidad relegada a un segundo plano.
Y no, no es por egoísmo. Es porque el sistema no está dando lugar para pensar en un hijo. Nunca es el momento:
- Económico: Por los costos habitacionales y de vida actuales.
- Organizacional: Por la falta de redes de cuidado flexibles.
- Profesional: Por las exigencias de un mercado que no perdona las pausas.
O, simplemente, ocurre porque muchos ya no tienen el interés de criar. El paradigma y la forma de ver la vida cambiaron. Antes, la mujer que trabajaba fuera de su casa era la excepción y tenía el tiempo asignado socialmente para ocuparse de la crianza; hoy, esa realidad ya no existe.