Más allá de las pantallas: la adolescencia, la mirada adulta y el cambio de escenario
La frase «la culpa es de la tecnología» o «los padres de ahora no miran a los hijos» se convirtió en el cliché de cabecera de nuestra época. Sin embargo, si rascamos un poco la superficie, nos damos cuenta de que ni las pantallas son las únicas responsables de las crisis actuales, ni la falta de atención es un invento del siglo XXI.
Para entender qué les pasa a los adolescentes de hoy, primero tenemos que entender qué es, estructuralmente, la adolescencia.
La rebeldía tiene historia: de los hippies a los floggers
La adolescencia es, por definición, el momento de la constitución de la identidad. Y para armar una identidad propia, el pibe necesita, inevitablemente, diferenciarse de los padres y confrontar con el sistema.
Si miramos para atrás, esto pasó siempre, miren o no miren los adultos:
- Hace décadas, cuando en muchos hogares solo trabajaba el varón y la madre estaba presente todo el día en la casa, los pibes andaban solos igual. La vida en la calle era lo normal.
- En las familias donde trabajaban ambos y el pibe quedaba más a la deriva, siempre aparecía una red comunitaria (la vecina, el del almacén) que hacía de ojo protector.
- De esa libertad y de esa necesidad de romper moldes nacieron los hippies cuestionando el sistema, los punks, los anarquistas y, más acá en el tiempo, los emos o los floggers.
La búsqueda de pertenencia y la necesidad de llamar la atención no nacieron con el primer smartphone. Son constitutivas del ser humano en esa etapa.
El verdadero cambio: de la vereda al mundo a un click
Entonces, si los adolescentes siempre buscaron diferenciarse y llamar la atención, ¿qué es lo que cambió tanto? El territorio y la escala.
Antes, las conexiones y la exposición se daban en círculos cerrados: el barrio, la escuela, el club. Si pasaba algo, el alcance era local. Hoy, la tecnología abrió una ventana a la masividad mundial a un solo click de distancia.
El problema actual no es que los pibes busquen miradas, sino que el mercado de las miradas se volvió global y digital. En esa marea infinita de información y estímulos, el adolescente —que estructuralmente es maleable, permeable y está en plena formación— se pierde fácilmente. Tienen el acceso al mundo entero en la palma de la mano, pero lógicamente todavía no saben qué hacer con semejante caudal de información.
De la plaza al control parental: el rol del adulto como filtro
La tecnología no es una moda pasajera; vino para quedarse y seguir transformando nuestra realidad. Por eso, comparar épocas para ver cuál fue «mejor» no tiene sentido. Lo que nos toca a los adultos hoy es reformular nuestro rol de cuidadores.
Antes, el límite o el cuidado se traducía en frases como «che, no te juntes con tal» o «fijate bien qué hacen en esa cuadra». Hoy, ese rol se mudó a las configuraciones de control parental y, sobre todo, a la conversación digital. Seguimos siendo los responsables de hacer de filtro y andamiaje, el tema es que las herramientas cambiaron.
Lo que ganamos, lo que perdemos y lo que estamos aprendiendo
Mirar el pasado con nostalgia a veces nos hace olvidar que no todo lo de antes era mejor. Hace años atrás, había realidades tremendas que estaban completamente naturalizadas y normalizadas como moneda de cambio: el machismo fundante, la sociedad patriarcal, la violencia intrafamiliar, los tabúes y la discriminación. Si no te adaptabas a eso, eras «el raro».
Hoy, afortunadamente, muchísimas de esas situaciones son denunciables, repudiables y ya no se toleran. Ganamos en derechos, en cuestionamiento y en visibilización.
Pero mientras celebramos esos avances, nos encontramos en pleno proceso de entender y aprender a manejar los nuevos desbordes. El desafío actual con los adolescentes no es prohibirles el mundo, sino acompañarlos a transitarlo en un escenario donde la plaza pública ahora mide millones de píxeles y no duerme nunca.