Ansiedad: la nueva normalidad

La Real Academia Española (RAE) define la ansiedad como un «estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo» y, en medicina, como una «angustia que suele acompañar a muchas enfermedades… y que no permite sosiego». En psicología, en cambio, sabemos que la ansiedad es una emoción natural y adaptativa que prepara al cuerpo para reaccionar ante una amenaza. Sin embargo, se vuelve patológica cuando es desproporcionada, frecuente y te impide realizar tus actividades cotidianas.

Dicho esto, creo que nos acostumbramos y naturalizamos la cultura de la inmediatez: si no es ya, no sirve. Coloquialmente, solemos llamar «ansiedad» a experiencias muy distintas entre sí: esperar una respuesta, no saber qué va a pasar o querer que algo suceda inmediatamente.

Tenemos contenido disponible las 24 horas, los 7 días de la semana, en cualquier lugar. Maratoneamos series en un fin de semana, nos inundamos de spoilers de la próxima temporada antes de que se estrene y vivimos pegados a las redes sociales, que no paran de generar toxicidad y adicción al «hacer». Hoy todo se mide en productividad, en números, en rendimiento y en la cantidad de cosas que podemos meter por hora.

¿Andá a saber qué genera esto?

  • No saber esperar.
  • Dificultad para tolerar la incertidumbre.
  • La necesidad frustrante de estar en tres lugares al mismo tiempo para cumplir con todo.
  • Autoexigencia desmedida.
  • Intolerancia a la frustración.

El fin de la expectativa

El cambio de hábitos es rotundo. Antes se ahorraba para comprar algo o planificar un viaje. Ahora no: se tarjetea, se saca un crédito y después vemos cómo se paga. Antes, las programaciones de la tele venían en una revista; uno leía, elegía y se anotaba el día y el horario en el que iba a mirar determinada película o serie. Hoy el contenido se consume distinto: en bloques, en maratones de horas eternas porque «tengo que terminar la temporada».

Al tener todo tan a mano, el proceso de espera, de expectativa, de formular hipótesis sobre lo que pasará, o de comentar entre amigos: “Che, ¿viste cómo terminó el capítulo?, ¿qué irá a pasar ahora?”, quedó relegado a un frío: “¿Viste la serie? Sí o no”, seguido de un comentario del contenido completo. Cada capítulo está diseñado para terminar con una intriga que, lamentablemente, te obliga a querer seguir de largo. ¿Y cuántas veces podemos parar realmente?

La espera como proceso psicológico

La espera, que es un proceso psicológico totalmente necesario, queda completamente anulada. No hay capacidad de esperar; el proceso se relega a lo inmediato. ¿Andá a saber qué pasa con esto? La tolerancia a la frustración disminuye drásticamente y aparece una autoexigencia desmedida. Nos cargamos de mil tareas porque «hay que hacer», y en el medio nos perdemos.

Y aunque uno diga «yo sé esperar, yo puedo», vayamos a ejemplos cotidianos:

  • ¿Recibís el resultado de un estudio médico, lo googleás al instante o esperás quince días a ver al médico?
  • ¿Te olvidaste del nombre de un actor, jugador de fútbol o canción? ¿Seguís la conversación igual porque total ya se entendió a quién te referías, o lo googleás obsesivamente para decir el nombre exacto?
  • ¿Vas a empezar a estudiar algo? ¿Te anotás y esperás al primer día de clases, o ya empezás a bajar información de internet, a usar IA para que te recomiende textos y a calcular cuándo terminarías y qué harías después?

Todas estas conductas muestran cómo la espera fue perdiendo lugar en nuestra vida cotidiana. Nos cuesta poner en pausa y, por un rato, simplemente no saber. Así terminamos alimentando la inmediatez.

No estoy diciendo que buscar información sea algo negativo. El problema aparece cuando perdemos la capacidad de convivir con aquello que todavía no sabemos. Mandás un mensaje y, si no hay respuesta inmediata, ya aparecen mil respuestas posibles a ese silencio. ¿Por qué? Porque no toleramos la incertidumbre que genera el no saber. Como sentimos que si no controlamos todo y sale perfecto, todo está mal, en la pérdida de la espera también perdimos los grises: ahora es todo blanco o negro. Cuando no podemos tolerar el no saber, aparecen las respuestas extremas: “Si no me respondió, seguro está enojado”, “Si no salió perfecto, salió mal”, “Si no tengo garantías de éxito, mejor ni lo intento”.

La utopía del descanso y los vínculos efímeros

Corremos atrás de objetivos que se multiplican de manera incansable. Armamos listas infinitas y la ansiedad nos corre de atrás para terminar con todo ya, supuestamente para poder descansar. Pero el descanso termina siendo una utopía: cuando finalmente terminás, ya hay mil cosas más pendientes por hacer. Y nuevamente tu descanso (que es completamente necesario) queda relegado a un segundo plano, sin importancia.

Esto se traslada a todos los ámbitos de la vida. Las relaciones también se ven atravesadas por esta lógica y se vuelven efímeras; no hay una construcción en conjunto. Todo es touch and go, o ante la primera diferencia, se corta. Nos cuesta horrores sostener procesos, atravesar las diferencias y tolerar los tiempos que requiere construir intimidad y confianza real.

Somos nuestros propios Dementores

En el universo de Harry Potter, los Dementores son criaturas oscuras, fantasmales y sin alma, consideradas los seres más horribles del mundo mágico porque se alimentan de la felicidad, la esperanza y los recuerdos alegres de las personas, dejando solo desesperación y tristeza.

A veces, nosotros mismos somos nuestros propios Dementores. Borramos nuestros mejores momentos con pensamientos negativos, con sobrecarga física y mental, y con el hábito de hacer solo por cumplir. Y en el medio de todo ese autoboicot, la ansiedad se hace un festín.

La ansiedad encuentra en esta lógica de la inmediatez un terreno fértil para crecer. No porque la tecnología sea el problema en sí mismo, sino porque cada vez ejercitamos menos la capacidad de esperar, de tolerar la incertidumbre y de atravesar procesos. Sin darnos cuenta, le armamos el caldo de cultivo perfecto para florecer en toda su plenitud.

Recuperar la capacidad de esperar, tolerar la incertidumbre y atravesar procesos sin que la ansiedad tome el control es algo que podemos trabajar juntos en terapia.